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Coyote vs. Acme: cuando perseguir justicia termina siendo más importante que atrapar al Correcaminos
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Coyote vs. Acme: cuando perseguir justicia termina siendo más importante que atrapar al Correcaminos

¿Cuántas veces no vimos al Coyote comprar un producto Acme para atrapar al Correcaminos y terminar explotando, aplastado, cayendo por un barranco o siendo víctima del mismo invento que debía ayudarlo a conseguir su objetivo? Quizás por eso me llamó tanto la atención la propuesta de Coyote vs. Acme. Había nostalgia, claro, por volver a encontrarse con los Looney Tunes y con una historia que durante años vimos repetirse de una u otra forma. Pero terminé encontrándome con una película que, más allá de revivir esos personajes y plantear la lucha desigual contra una gran corporación, me hizo pensar en el largo camino que puede significar la búsqueda de justicia cuando enfrente está alguien que parece tener todas las de ganar.

Y es que el Coyote ni siquiera comienza reconociéndose plenamente como víctima. Durante años compró productos Acme que fallaron, explotaron y terminaron causándole daño, pero todo aquello estaba incorporado a una obsesión mucho más antigua: atrapar al Correcaminos. Incluso cuando aparece la posibilidad de llevar a Acme ante la justicia, en algún momento piensa en ese proceso como un instrumento que podría finalmente ayudarlo a conseguir el objetivo que siempre persiguió. Sin entender todavía que su situación iba mucho más allá del Correcaminos, que había daños acumulados, responsabilidades que determinar y una causa propia que, por primera vez, le exigía dejar de mirar hacia aquello que perseguía para comenzar a mirar lo que le había ocurrido a él.

Eso me pareció particularmente interesante cuando uno intenta llevar la película al terreno de los derechos humanos. Reconocerse como víctima puede ser, en sí mismo, parte del proceso. Hay quien normaliza durante años determinadas arbitrariedades, quien sabe que algo le ocurrió pero desconoce que existen mecanismos para reclamarlo, y también quien se aproxima a la justicia esperando conseguir algo distinto sin comprender todavía la dimensión real de la vulneración que sufrió. Es allí donde el acompañamiento puede transformar el camino: ayudar a que una persona reconozca sus derechos, entienda la dimensión de lo ocurrido y descubra que la justicia no está para ser instrumentalizada como un atajo hacia otro cometido, sino para establecer responsabilidades y procurar una reparación frente al daño.

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Y allí entran los defensores de derechos humanos, las organizaciones que acompañan víctimas, los abogados y, cuando los caminos internos resultan insuficientes o están cerrados, los organismos multilaterales y los sistemas internacionales de protección. Estos últimos, además, tienen un enorme reto para hacer mucho más comprensible su delivery: cuáles son los mecanismos existentes, cómo se llega a ellos, qué puede esperar una víctima, cuáles son sus limitaciones y de qué manera pueden resultar efectivos. Porque acompañar tampoco significa apropiarse de la historia de alguien. Significa darle herramientas para que pueda recorrer un camino que muchas veces será largo, frustrante y profundamente desigual.

La película lo muestra cuando el caso comienza a encontrarse con obstáculos y con intentos de ser desestimado. Acme tiene dinero, influencia y capacidad para moverse en espacios a los que el Coyote difícilmente podría llegar por sí mismo. Y la disputa incluso termina trascendiendo el juzgado y alcanzando espacios políticos como el Senado de Estados Unidos. Es difícil no llevar esa imagen a otros contextos en los que quien busca justicia tiene enfrente algo todavía más poderoso que una corporación: un Estado violador de derechos humanos, con instituciones, recursos, capacidad de presión y, en ocasiones, mecanismos diseñados precisamente para garantizar impunidad.

Allí la búsqueda de justicia puede tropezar una y otra vez. Un caso puede ser desestimado. Una institución puede negarse a investigar. Una decisión política puede imponerse sobre lo que parecía evidente. Pueden cerrarse puertas nacionales y hacer necesario acudir a instancias internacionales. Y todo eso produce frustración, porque tener la verdad o incluso tener pruebas nunca ha significado automáticamente tener justicia. Hay momentos en los que la arbitrariedad se impone y pareciera confirmar que quien concentra más poder económico, político o institucional terminará ganando simplemente porque puede hacerlo.

Pero hay otro elemento de la película que para mí atraviesa todo esto y que probablemente sea de los que más me interesó: la documentación. Porque las pruebas aparecen de formas muy distintas. Hay grabaciones, audios, documentos, declaraciones, información que en algún momento fue pública, posiciones asumidas por quienes defendieron determinadas decisiones de Acme e incluso piezas de publicidad que fueron concebidas para vender una imagen de la compañía y que, cuando se contrastan con lo ocurrido, pueden terminar jugando en su contra. Lo que en un momento parecía una pieza aislada adquiere otro valor cuando alguien observa, conecta, contrasta y conserva.

Y eso tiene muchísimo que ver con la defensa de derechos humanos. Hay pruebas que se recaban sin saber cuándo podrán hacerse valer. Un audio que hoy alguien intenta ignorar, una grabación, un documento, una declaración pública, una fotografía o un testimonio pueden permanecer durante años sin encontrar una institución dispuesta a valorarlos y, sin embargo, resultar determinantes cuando las condiciones cambian y finalmente existe el momento apropiado para mostrarlos. Por eso observar importa y documentar importa, incluso cuando en el presente pareciera que aquello que se está guardando no tendrá ninguna consecuencia.

La historia de Granny y el Dr. Lorre termina llevando esa idea todavía más lejos. Pasan décadas y, sin embargo, lo ocurrido no desaparece únicamente porque haya transcurrido el tiempo. Quedan rastros, quedan elementos que permiten reconstruir una historia y queda alguien que durante todos esos años sostuvo una verdad. Ese reencuentro después de treinta años me hizo pensar justamente en eso: hay reparaciones que llegan tarde y hay tiempos perdidos que ninguna decisión puede devolver, pero el paso de los años no convierte una verdad en mentira ni vuelve innecesaria la búsqueda de justicia.

Quizás por eso también me resultó tan interesante que la película no haga del primer tropiezo institucional el final de la historia. El caso enfrenta obstáculos, se frustra, parece perder posibilidades, pero la causa continúa. Y cuando todavía existe pasión, cuando se conserva la determinación y cuando aquello que se está defendiendo logra trascender los obstáculos que intentan enterrarlo, puede ocurrir algo incluso mayor: que otras personas comiencen a reconocerse en esa misma historia.

Un caso puede despertar otros cien.

Una víctima que logra hacer visible lo ocurrido puede conseguir que otras personas que durante años permanecieron calladas entiendan que aquello que les pasó tampoco fue normal. Aparecen relatos que estaban dispersos, experiencias que parecían aisladas comienzan a mostrar coincidencias y lo que inicialmente era la batalla del Coyote contra Acme termina dejando de ser únicamente la historia del Coyote. Y eso, salvando todas las distancias entre una película de los Looney Tunes y la realidad, también ocurre en la defensa de derechos humanos: hay casos que terminan abriendo camino para muchos otros porque alguien tuvo la determinación de sostener el primero.

Es allí donde una causa individual puede comenzar a construir algo colectivo. No porque todas las víctimas tengan exactamente la misma historia, sino porque sus relatos, cuando se encuentran y se documentan, permiten identificar patrones, responsabilidades y una memoria que ya no depende exclusivamente de una persona. Y esa memoria colectiva también forma parte de la justicia: impide que los hechos desaparezcan cuando alguien decide que ya pasó demasiado tiempo, permite que otras generaciones entiendan lo ocurrido y conserva aquello que algún día puede resultar indispensable para establecer responsabilidades y procurar reparación.

Al final, sé perfectamente que Coyote vs. Acme es una película de los Looney Tunes. Hay dinamita, yunques, humor absurdo y un Coyote que lleva décadas levantándose después de cada coñazo para volver a perseguir al Correcaminos. Pero precisamente por eso me pareció tan sabroso encontrarme con una historia que permite hacer esta otra lectura cuando uno es sensible a extrapolar lo que ve en una pantalla a las realidades que conoce.

Porque esta vez el Coyote comienza pensando que aquel camino podría servirle para conseguir lo que siempre quiso y termina entendiendo que había algo mucho más grande que conquistar. Primero tuvo que reconocerse como víctima, después dejarse acompañar, comprender la dimensión del daño, sostener su caso cuando intentaron cerrarlo, encontrar y hacer valer pruebas, atravesar la frustración y descubrir que su experiencia podía hacer que muchas otras voces se sumaran.

Y quizás allí está la reflexión que más me dejó la película: la justicia puede tardar, puede encontrarse con instituciones que la desestiman y con poderes que parecieran tener todas las cartas en la mano. Pero cuando la verdad ha sido observada, documentada y preservada; cuando todavía hay alguien dispuesto a acompañar y alguien dispuesto a insistir; y cuando una causa consigue despertar en otros la necesidad de contar lo que también les ocurrió, aquella lucha deja de pertenecer únicamente a quien dio el primer paso.

El Coyote pasó toda una vida persiguiendo al Correcaminos. Quizás necesitaba atravesar todo este camino para descubrir que, esta vez, lo que realmente le correspondía perseguir era justicia.

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