Por Ayrton Monsalve
Las elecciones de la Federación de Centros Universitarios de la Universidad Central de Venezuela han abierto una discusión que, a mi juicio, trasciende ampliamente los límites de una contienda estudiantil. Más allá de quién resulte electo el próximo 10 de julio, lo que hoy está sobre la mesa es una reflexión sobre la forma en que entendemos la participación política, el compromiso ciudadano y la propia lucha democrática venezolana. En un país marcado por años de persecución, violaciones sistemáticas de derechos humanos y restricciones a las libertades, resulta legítimo preguntarse quiénes han contribuido a sostener la esperanza de cambio. Lo preocupante es cuando algunos intentan responder esa pregunta estableciendo categorías que distinguen entre ciudadanos más o menos comprometidos según la organización a la que pertenezcan.
Durante esta campaña universitaria ha comenzado a instalarse una narrativa según la cual la firmeza democrática de una persona estaría determinada por su cercanía con una determinada organización política. Bajo esa lógica, quienes no forman parte de ciertas estructuras partidistas quedarían expuestos a ser catalogados como tibios, ambiguos o insuficientemente comprometidos con la causa democrática. No se trata solamente de una discusión electoral. Es una manera de entender la participación política que corre el riesgo de reducir la complejidad de la experiencia venezolana a una sola expresión organizativa.
Confieso que esa idea me genera preocupación. No porque cuestione el valor de los partidos políticos. Sería absurdo hacerlo. Los partidos han sido fundamentales para articular demandas, organizar esfuerzos, formar liderazgos y canalizar la voluntad de cambio de millones de venezolanos. Sin ellos sería imposible comprender buena parte de la resistencia democrática que ha vivido el país durante los últimos años. Sin embargo, también sería un error desconocer que la defensa de la democracia venezolana ha sido mucho más amplia que sus organizaciones políticas.
La historia reciente del país demuestra que la lucha por la libertad no ha sido patrimonio exclusivo de nadie. Ha sido una construcción colectiva en la que han participado actores muy diversos. Han participado dirigentes políticos, pero también estudiantes, periodistas, activistas de derechos humanos, profesores universitarios, líderes gremiales, organizaciones sociales, iglesias, familiares de presos políticos y ciudadanos que nunca han ocupado un cargo de representación ni han formado parte de una estructura partidista. Cada uno, desde sus posibilidades y circunstancias, ha contribuido a sostener una causa que pertenece a toda la sociedad venezolana.
El 28 de julio de 2024 constituye probablemente el ejemplo más contundente de esa realidad. Aquel día no fue únicamente el resultado del esfuerzo de una organización política ni puede explicarse exclusivamente a través del liderazgo de una figura nacional. Aquella jornada fue posible porque miles de venezolanos asumieron responsabilidades concretas en defensa de la voluntad popular. Hubo quienes dedicaron semanas a capacitarse como miembros de mesa. Hubo quienes sirvieron como testigos electorales durante largas jornadas. Hubo quienes colaboraron con la logística, movilizaron electores, verificaron información o ayudaron a proteger los resultados. Hubo ciudadanos que no aparecieron en ninguna fotografía, que no pronunciaron discursos y que jamás ocuparán una posición de liderazgo político, pero cuyo aporte resultó indispensable para que el proceso pudiera desarrollarse.
Muchos de esos venezolanos nunca militaron en un partido político. Muchos de ellos ni siquiera tenían aspiraciones de hacerlo. Participaron porque entendían que la defensa del voto y de la voluntad popular era una responsabilidad ciudadana. Lo hicieron convencidos de que Venezuela necesitaba de ellos en ese momento específico. ¿Podría alguien afirmar seriamente que su compromiso democrático fue menor por no pertenecer a una determinada organización? ¿Podría sostenerse que quienes protegieron actas, cuidaron centros electorales o asumieron tareas fundamentales para la defensa de los resultados estaban menos comprometidos con el país que quienes sí tenían una militancia partidista? Creo que la respuesta es evidente.
Por eso me preocupa que desde algunos sectores se pretenda construir una suerte de escala moral del compromiso democrático. Una lógica según la cual existirían ciudadanos con mayor legitimidad que otros para hablar de libertad, democracia o cambio político. Una lógica donde la pertenencia a una organización termina convirtiéndose en una especie de criterio de validación del compromiso individual. La experiencia venezolana demuestra exactamente lo contrario. Si algo ha permitido que la causa democrática sobreviva durante tantos años ha sido precisamente su capacidad para convocar a personas distintas, provenientes de espacios distintos y con formas distintas de participación.
Esta reflexión resulta especialmente pertinente dentro de la Universidad Central de Venezuela. La universidad ha sido históricamente uno de los pocos espacios donde la pluralidad no solamente es posible sino necesaria. Su riqueza radica precisamente en la convivencia entre distintas corrientes de pensamiento, distintas visiones del país y distintas formas de entender la acción pública. La universidad no existe para uniformar criterios. Existe para debatirlos. No existe para excluir. Existe para incorporar perspectivas diversas y convertirlas en conocimiento, reflexión y propuestas.
Por eso resulta tan importante que las elecciones universitarias no reproduzcan dinámicas de exclusión que tanto daño han hecho al país. Dentro de las distintas opciones que hoy compiten por la representación estudiantil existen jóvenes que han demostrado su compromiso con Venezuela de múltiples maneras. Algunos han participado en procesos electorales. Otros han encabezado movilizaciones estudiantiles. Otros han desarrollado iniciativas sociales, comunitarias o de derechos humanos. Otros han contribuido desde espacios gremiales, académicos o de voluntariado. Muchos de ellos no pertenecen a partidos políticos. Sin embargo, han demostrado con hechos concretos su disposición a trabajar por una Venezuela democrática.
Reducir esa realidad a una discusión sobre afiliaciones políticas implica desconocer una parte importante del esfuerzo que miles de jóvenes han realizado durante años. Implica transmitir el mensaje de que existe una única vía legítima para comprometerse con el país. Implica sugerir que quienes escogieron otros caminos de participación merecen menos reconocimiento. Y eso no solamente es injusto. También es políticamente equivocado.
La Venezuela que aspira a reconstruirse necesitará mucho más que partidos políticos. Necesitará universidades fuertes, organizaciones sociales activas, medios independientes, gremios vigorosos y ciudadanos dispuestos a involucrarse en los asuntos públicos desde distintos espacios. Necesitará reconocer que la democracia no se sostiene únicamente a través de estructuras partidistas, sino también mediante una ciudadanía capaz de organizarse, movilizarse y actuar en defensa de valores compartidos.
Por esa razón creo que el liderazgo nacional venezolano debe ser especialmente cuidadoso al aproximarse a debates que hoy tienen lugar dentro de las universidades. Tomar partido por una determinada opción estudiantil es una decisión legítima. Pero hacerlo mientras sus favorecidos desglosan narrativas de tibieza sobre sus adversarios terminaría secundando ese discurso y, con ello, descalificando o invisibilizando a otros jóvenes comprometidos con la democracia, generando así una fractura innecesaria allí donde debería existir reconocimiento mutuo. Porque más allá de las diferencias electorales que hoy puedan existir entre distintas planchas universitarias, lo cierto es que en todas ellas hay jóvenes que han contribuido, de una u otra forma, a la defensa de los valores democráticos.
La universidad debería ser precisamente el lugar donde aprendamos a reconocer esa diversidad de aportes. El lugar donde entendamos que la discrepancia no convierte al otro en enemigo. El lugar donde comprendamos que el compromiso ciudadano adopta formas distintas y que ninguna organización tiene el monopolio de las buenas causas.
La historia reciente de Venezuela deja una enseñanza difícil de ignorar. Los avances democráticos que el país ha logrado conquistar no han sido obra de un solo liderazgo, de un solo partido ni de una sola organización. Han sido el resultado de miles de esfuerzos individuales y colectivos que terminaron confluyendo en un mismo propósito. Esa capacidad para sumar ha sido una de las mayores fortalezas del movimiento democrático venezolano. Sería un error abandonarla ahora.
Por eso creo que la principal lección que deja este debate universitario es una muy sencilla: la democracia venezolana pertenece a todos aquellos que han decidido comprometerse con el futuro del país. A quienes militan en partidos políticos y a quienes no. A quienes ejercen liderazgos visibles y a quienes trabajan silenciosamente. A quienes ocupan cargos de representación y a quienes colaboran desde el anonimato. La democracia venezolana no se milita de una sola manera. Y quizás sea precisamente esa diversidad la que explique por qué, a pesar de todas las dificultades, sigue siendo una causa capaz de convocar a tantos venezolanos.
Escribo estas palabras observando las elecciones universitarias como un hecho social que, aunque protagonizado por jóvenes, ha terminado colocando sobre ellos la mirada de buena parte del país. Precisamente por eso creo que esta elección debe dirimirse con la mayor esencia universitaria posible: a través de las ideas, del debate, de las propuestas y de la capacidad de los estudiantes para construir autónomamente sus propios liderazgos. Esa reflexión supone también un exhorto respetuoso a quienes en el pasado fueron referentes del movimiento estudiantil y hoy ocupan espacios de influencia política, para que acompañen a esta generación sin sustituirla ni intentar conducir desde fuera una discusión que corresponde principalmente a los estudiantes.
También espero que ningún liderazgo nacional, por importante o admirado que sea, termine siendo instrumentalizado para favorecer a unos mientras se desconoce a otros. Sería injusto con una generación de jóvenes que, desde espacios distintos, con sensibilidades distintas y sin necesariamente compartir una misma militancia, ha contribuido de manera decidida a la construcción del movimiento democrático venezolano que tomó fuerza desde 2023 y encontró uno de sus momentos más significativos el 28 de julio de 2024. Porque si algo ha demostrado esta generación es que el compromiso con Venezuela es mucho más amplio que cualquier organización y mucho más grande que cualquier elección universitaria.




