Colombia sostiene hoy una economía que descansa, en buena medida, sobre la fuerza laboral venezolana: productiva, joven y altamente participativa. Sin embargo, esa contribución convive con una deuda urgente del Estado y del sector privado: transformar la inclusión precaria en una inclusión real.
Un nuevo informe de la Fundación ANDI y la Fundación Santo Domingo revela datos que desmontan estigmas y confirman lo que las comunidades ya saben: los venezolanos no “quitan trabajo”; sostienen sectores completos de la economía y dinamizan el mercado laboral colombiano. Pero también muestra que el país falla en corresponder ese aporte con oportunidades dignas y formales, atrapando a la mayoría de esta población en un círculo de informalidad y discriminación.
Un motor económico invisibilizado
Colombia alberga 2,8 millones de personas venezolanas, de las cuales el 71 % está en edad productiva, una proporción mayor que la media colombiana. Bogotá, Antioquia y Norte de Santander concentran el número más alto.
Los datos laborales rompen cualquier narrativa xenófoba:
Tasa de participación laboral venezolana: 73,8 % (10 puntos por encima del promedio nacional). Tasa de ocupación: 66,4 %, también mayor que la de las personas colombianas. Reducción del desempleo: pasó de 11,1 % a 10,1 % en 2024.
Colombia no solo recibe a población migrante: recibe fuerza laboral altamente activa, trabajadora y resiliente.
Pero el país no les ofrece, en retorno, un terreno equitativo para desarrollarse.
La trampa de la informalidad: el gran pendiente
A pesar de su altísima participación, más del 75 % de los trabajadores venezolanos está en la informalidad.
El informe lo dice sin rodeos: Colombia está subutilizando el potencial económico que ya tiene dentro de su territorio.
Entre las principales barreras:
59,2 % tiene dificultades para obtener permisos de trabajo. 29,4 % enfrenta obstáculos para obtener documentos de identidad. 23,3 % no logra validar su experiencia previa. Los procesos de convalidación tardan 60 a 180 días y pueden costar más de un millón de pesos. Uno de cada tres migrantes sufre discriminación al buscar empleo.
Estas cifras explican por qué tantos profesionales venezolanos terminan relegados a trabajos precarios, incluso cuando el país necesita urgentemente mano de obra calificada.
Sectores que dependen de la migración venezolana
Tres ramas concentran el grueso del aporte venezolano:
Alojamiento y comida: 20,3 % Comercio y reparación de vehículos: 19,9 % Suministro de electricidad, gas, agua y desechos: 14,7 %
Estos sectores —hotelería, servicios, comercio, operación urbana— simplemente no funcionarían igual sin la participación de personas venezolanas.
Y lo hacen sin acceso pleno a derechos, sin reconocimiento formal y muchas veces sin protección salarial.
Buenas prácticas: cuando las empresas sí entienden
El informe también demuestra que sí existe un camino posible cuando las empresas deciden asumir la inclusión como una estrategia productiva, no como caridad.
Casos destacados:
Claro por Colombia
1.379 personas vinculadas formalmente desde 2019. Modelo multiactor, enfoque en competencias, subsidios, acompañamiento psicosocial. Reducción de rotación, mayor productividad y mejor clima laboral.
Pavco Wavin (Orbia)
Programa de inclusión desde 2018. Más del 6 % de su planta está conformada por migrantes. Estrategia de diversidad y plan padrino con impactos positivos comprobados.
Estas experiencias evidencian que cuando el sector privado elimina barreras artificiales, la productividad crece.
Oportunidad país: un bono demográfico que Colombia no puede desperdiciar
Según estimaciones citadas en el informe, la migración podría impulsar el PIB colombiano entre 0,10 % y 0,25 % anual hasta 2030, si se avanza hacia la integración formal.
Eso implica:
más tributos, más productividad, más competitividad, más estabilidad en sectores críticos.
Pero esto solo ocurrirá si el Estado asume la responsabilidad de garantizar rutas claras de regularización, reconocimiento de competencias y mecanismos reales de protección laboral.
Conclusión: los venezolanos ya cumplen; ahora le toca a Colombia
El aporte venezolano es innegable, cuantificable y profundo.
Lo que falta no es voluntad de trabajar; lo que falta es voluntad institucional de incluir.
Los datos son claros:
Colombia no sería igual sin los venezolanos.
Ahora el reto es asegurar que esa contribución deje de sostenerse en la precariedad y se traduzca en derechos, formalidad y oportunidades reales.
Porque la inclusión no es una concesión: es un acto de justicia y un motor de desarrollo para ambas poblaciones.




