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Fotografía y derechos humanos: la memoria que no se resigna al silencio

En el marco de los 20 años de Dejusticia, el fotoperiodista Jesús Abad Colorado llevó al público a un viaje doloroso y necesario: el de la memoria de un país atravesado por todas las formas de violencia, y que aún busca reconstruirse desde los fragmentos. Su intervención en el Museo de Arte Moderno de Bogotá recordó que la fotografía no es solo arte, sino también un acto de resistencia y de derechos humanos.

Los fragmentos de un espejo roto

“Como ideología, la sociedad o la democracia, juntamos los fragmentos de un espejo roto para generar reflexiones, para generar conciencia”, dijo Abad.

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En su voz, esos fragmentos son las huellas de múltiples violencias: las del paramilitarismo, las de la guerrilla, las de la fuerza pública y las de las bandas armadas. Todas responsables de desapariciones, silenciamientos y muertes que marcan la historia reciente de Colombia.

El fotoperiodista recordó sus primeros pasos como estudiante de la Universidad de Antioquia, cuando fotografió a Bernardo Jaramillo y a Carlos Pizarro, líderes asesinados en los años 90. “Cada una de estas personas hacen parte de un país que nos lacera, nos conmueve, nos sacude. Por todas ellas tendríamos que gritar”, señaló.

El lenguaje degradado

Abad también advirtió sobre la banalización del dolor y la degradación del lenguaje en el debate público. Recordó el atentado contra Miguel Uribe y cómo, en medio del cinismo social, se llegó a decir que “le dieron al más bobo”. Incluso colegas celebraron en redes el término “tonticidio” en lugar de magnicidio.

“¿Qué tiene que pasar por la mente de un periodista para comportarse como un tuitero contratado?”, cuestionó. Enfatizó que en este país cabemos todos, incluso quienes piensan distinto, pero que el verdadero partido debe ser el de las madres que lloran a sus hijos, sean guerrilleros, policías, militares o paramilitares.

La mariposa en la canana

Una de sus imágenes más emblemáticas muestra una mariposa azul posada sobre una canana cargada de balas. Para él, esa escena condensa la fragilidad de la vida y la belleza de un país pluriétnico y multicultural que no deja de buscar caminos hacia la paz.

“Que ninguna mariposa jamás se pegue a la canana de un hijo que puede ser paramilitar, guerrillero, soldado o policía”, expresó con la voz entrecortada.

Machuca: la masacre olvidada

El fotógrafo también habló de su experiencia en Machuca, en Segovia (Antioquia), donde la guerrilla del ELN dinamitó un oleoducto en 1998, causando la muerte de 84 personas. Recordó a Matilde Sánchez, quien perdió a su hermano y a dos sobrinos en esa tragedia.

Veinticinco años después volvió a buscarla: “Su historia es como para un documental. Lo más fuerte fue ver que en todos esos años nadie bajó. No hubo un salón de la memoria, no hubo retratos de las víctimas. Ningún funcionario del gobierno, ninguna ONG. Nadie”.

Para Abad, este abandono demuestra que en Colombia también existen jerarquías del dolor: “Hay masacres que reciben publicidad y otras, como esta, no”.

El jaguar y la guerra

En su recorrido por la memoria, Abad presentó otra de esas imágenes que estremecen: la de un jaguar de apenas ocho meses rodeado de fusiles y mochilas en Tierra Alta, Córdoba, durante una concentración paramilitar el 10 de diciembre de 2004.

“El papá y la mamá jaguar estaban en una finca de un comandante paramilitar. Así es que quedan las huellas: en la naturaleza, en los animales, en los árboles, en la piel de mujeres violadas”, relató.

El jaguar, símbolo de fuerza y de la selva, aparecía domesticado, convertido en un objeto más dentro de la lógica de guerra. Una metáfora brutal de cómo la violencia no solo destruye vidas humanas, sino que también coloniza la naturaleza y arrasa con los vínculos vitales del territorio.

Mauricio: la foto guardada

El relato de Abad también se detuvo en una imagen que nunca publicó. En ella aparece Mauricio Ortega, con el uniforme, la mochila y un llavero de Atlético Nacional.

“El primero en reconocerlo fue su hermano, quien le dijo a la mamá: ‘sí, es Mauricio’. Ella rompió en llanto. Esa es la fotografía. Yo no la publiqué en los libros, porque no podía mostrar una imagen que una madre no había querido ver”, contó.

Mauricio había sido secuestrado a la salida del colegio por milicias urbanas, y su cuerpo fue hallado en la misma zona donde años después hablaríamos de la escombrera.

“Hoy la gente solamente habla de un actor armado en ese territorio. Pero yo digo: ah, bueno, que nos miráramos en el espejo roto. Que todos los armados de este país, aún los que han negociado y hoy son legales, entendieran la responsabilidad que tienen en los crímenes”, afirmó.

La fotografía fue tomada en junio de 2002, tres semanas después de la operación Mariscal. Allí aparecen un policía del Grupo Únase, un médico legista y, al fondo, la ciudad de Medellín.

“Las cuchas siempre tienen la razón, en las ciudades y en el campo. Ellas saben qué ha pasado con sus hijos. Y aquí también una cucha tenía la razón, siete años antes de Orión”.

La marcha que celebra la vida

En medio de la crudeza de sus relatos, Abad subrayó que la memoria también es una forma de afirmación de la vida. Mostró la imagen de una pancarta en una movilización: “Ni civil, ni militar, ni guerrillero… ¡ni un muerto más!”.

“Cada una de estas fotografías es para decir que siempre vamos a marchar celebrando la vida”, afirmó.

Si los políticos entendieran…

El testimonio de Jesús Abad Colorado deja claro que la memoria no es un ejercicio neutro, sino un acto profundamente político. La fotografía, como él insiste, no solo documenta: interpela.

“Si los políticos entendieran lo que han caminado los periodistas, si se dieran cuenta que en la corrupción recae la desgracia”, dijo, recordando que mientras la clase dirigente evade responsabilidades, son las víctimas y los reporteros quienes cargan con las huellas de la violencia.

En esa tensión, la fotografía se vuelve un espejo que obliga a mirar de frente los silencios, las ausencias y las heridas que aún no cierran.

Tomada el día que la guerrilla fue a pedir perdón en Bojayá

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