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Activistas venezolanos: Entre la latencia y la adaptación

Por Rafael Uzcátegui

Luego del 10 de enero de 2025, cuando se juramentó un gobierno surgido del desconocimiento de la voluntad popular expresada el 28J, todas las organizaciones políticas y sociales del país comenzaron a tomar decisiones sobre cómo mantenerse activas y sobrevivir en un contexto que ha cambiado cualitativamente. Diferentes asociaciones y partidos, debido a la persecución contra sus integrantes, están operando bajo lógicas de semi o total clandestinidad. Otras iniciativas, incluso aquellas que han decidido participar en elecciones o buscar interlocución con las autoridades, también han implementado medidas para evitar represalias.

Los venezolanos no son los primeros —ni serán los últimos— en desarrollar medidas de adaptación tras un evento traumático que acelera la autocratización de una sociedad. Investigaciones en contextos similares permiten identificar el repertorio de estrategias que han adoptado activistas para continuar su labor en entornos hostiles.

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Antes de comentar esos hallazgos nos parece útil introducir el concepto de “latencia” que Verta Taylor, en su texto “Social Movement Continuity: The Women’s Movement in Abeyance“, ubicó para el movimiento de mujeres. Para responder a la afirmación que los movimientos sociales desaparecen en períodos de poca actividad pública, la autora describe como un período de latencia aquel en el que se mantienen estructuras organizativas, identidades colectivas y redes que permiten su reactivación cuando las condiciones políticas y sociales sean más favorables.

Taylor identifica cinco características que permitirían la continuidad del esfuerzo activista durante períodos de latencia:

  1. Temporalidad: La capacidad de las organizaciones para mantener su existencia a lo largo del tiempo, incluso sin una movilización activa.
  2. Compromiso intencional: La dedicación de los miembros a los objetivos del movimiento, lo que garantiza su supervivencia durante tiempos difíciles.
  3. Exclusividad: La creación de comunidades cerradas que refuerzan la identidad del grupo y protegen sus valores.
  4. Centralización: La existencia de una estructura organizativa que coordina las actividades y mantiene la cohesión del movimiento.
  5. Cultura: El desarrollo de símbolos, rituales y narrativas que fortalecen la identidad colectiva y transmiten los valores del movimiento.

Autoridad delegada y activismo blando

Las investigaciones han detectado un amplio abanico de estrategias recientes de adaptación en espacios cívicos cerrados. En su libro “Mobilizing Without the Masses: Control and Contention in China” Diana Fu estudió como los activistas continuaron trabajando en el país asiático. Usó el término “autoridad delegada” para describir como se logró negociar espacios legales de acción con el Estado, asumiendo un rol casi paraestatal. Esto les permitió operar, aunque con limitaciones temáticas y tácticas. De esta manera las autoridades “subcontrataron” acción social, especialmente en temas no considerados políticamente sensibles.

Un segundo concepto utilizado por Fu fue el de “activismo blando”, para explicar cómo las organizaciones optan por una estrategia de colaboración parcial con el Estado para lograr cambios graduales. La retórica del activismo blando evita palabras como “derechos humanos”, “protesta”, “justicia”, y las reemplaza por lenguaje técnico o neutral (“bienestar”, “capacitación”, “acceso”, etc.). Esto genera ambivalencia ética: por un lado logran cambios; por otro, contribuyen a la despolitización del malestar social.

Fu describe en su texto las tensiones entre la adaptación y la resistencia. Muestra cómo, a cambio de legalidad, muchas ONG aceptan líneas rojas del régimen: no criticar al Partido Comunista, no vincularse con el exterior, no organizar protestas. Esto crea una división en el activismo: quienes aceptan las reglas son vistos como “razonables” o “útiles”; quienes no, son tildados de “radicales”, marginados o criminalizados. Por ello algunas ONG delimitaron públicamente su distancia respecto a otros grupos más críticos, para mantener su estatus legal. En algunos casos esta separación, para mantener la confianza en los interlocutores gubernamentales, incluyó suministrar información sobre los “radicales”.

Explorando casos reales

En Turquía, según una investigación de Bilge Yabanci, ocurrió la “cooptación selectiva”, fomentando ONG pro-gubernamentales que apoyan la agenda oficial; la represión legal y administrativa; la estigmatización y criminalización y, finalmente, la fragmentación del sector, dividiendo a las organizaciones entre aquellas alineadas con el gobierno y las marginadas, con lo que debilita la solidaridad y cooperación horizontal entre ellas.

Para Hong Kong una serie de entrevistas realizadas por Francis F. Lee revelaron las estrategias de mitigación de riesgos:

  • Reducción del tamaño de juntas directivas para concentrar responsabilidades legales en menos personas.
  • Disminución del personal fijo.
  • Contrataciones por servicios u honorarios profesionales para desvincular a las personas de la estructura de la organización.
  • Evitar temas o acciones que podrían ser interpretados como confrontacionales o vinculados a «fuerzas extranjeras».
  • Reducción y moderación del perfil público de los activistas.
  • Publicar solo contenido sobre temas menos sensibles o ya presentes en la agenda oficial.
  • Monitoreo de medios oficialistas para decidir si continuar o abandonar campañas.
  • Ajuste de narrativas para no cruzar “líneas rojas”.
  • Retiro de vínculos con prensa extranjera o asociaciones internacionales visibles.

También para China Kevin J. O’Brien introdujo la idea de “tercera vía” entre la resistencia abierta y la retirada completa. Entre las tácticas empleadas se identifican:

  • Transparencia y comunicación constante con el gobierno.
  • Cultivar aliados dentro del gobierno.
  • Mantener organizaciones de tamaño reducido.
  • Aceptar supervisión oficial de sus actividades.
  • Evitar temas controversiales.
  • Promover compromisos oficiales entre sus miembros.
  • Distanciarse de activistas confrontacionales.
  • Romper vínculos con entidades extranjeras.
  • Promover la “lealtad” y la “moderación”.

Adaptación positiva y negativa

Podemos categorizar las estrategias de adaptación en contextos autoritarios en dos grandes grupos: positivas y negativas, con base en si preservan o sacrifican los principios y valores éticos del activismo.

Estrategias de adaptación positivas:

  • Reconfiguración silenciosa: Reducir visibilidad para proteger al colectivo sin renunciar a sus causas.
  • Cuidado mutuo radical: Priorizar la salud mental, la seguridad, la escucha y los vínculos afectivos como resistencia.
  • Innovación simbólica: Uso de arte, humor, performance y símbolos para sostener el mensaje sin confrontación directa.
  • Migración estratégica: Exilio o relocalización con la intención de seguir la lucha desde espacios seguros.
  • Descentralización y horizontalidad: Estructuras distribuidas para evitar la cooptación o neutralización del liderazgo.

Estrategias de adaptación negativas:

  • Cooptación institucional: Aceptar marcos impuestos por el régimen a cambio de operar legalmente, incluso silenciando temas.
  • Delación o colaboración forzada: Suministrar información sobre compañeros por presión, miedo o beneficios.
  • Distanciamiento de sectores “radicales”: Estigmatizar a compañeros más críticos para conservar imagen o acceso.
  • Neutralización simbólica del discurso: Usar eufemismos o narrativas vacías para parecer activos sin confrontar al poder.
  • Normalización del miedo: Justificar la inacción o el silencio prolongado como “realismo político”.

Como suele ocurrir en contextos represivos, la peor estrategia es la que no se discute, y termina imponiéndose por omisión. Esta clasificación no pretende establecer condenas morales, sino estimular la reflexión crítica y colectiva dentro de los movimientos sociales. Nos pudiera ayudar a prevenir errores tácticos que comprometen la integridad colectiva, permite documentar buenas prácticas adaptativas e identifica zonas grises donde puede haber necesidad de debate comunitario o procesos de reparación (por ejemplo, cuando alguien colaboró bajo coacción). Las zonas grises existen y son muchas. La clave es poder hablarlas sin miedo, con confianza, y sin dejar que el silencio las vuelva norma.

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